Sobre el bello arte de escribir..

Recientemente, un jóven adolescente me preguntaba: ¿Qué necesito para ser escritor? ¿qué tengo que comprar? Mi respuesta fue muy directa: prácticamente nada. En estos días que vivimos parece haber esa idea de que si quieres ser escritor necesitas frequentar a un café de gran marca, necesitas poseer un ordenador portátil que vende una compañía hyper conocida a un precio de locura, parece que necesitas un amplio apartamento lleno de posters motivacionales y espacios libres. Todo esto es mentira. Si vas a escribir, no necesitas nada más que, a lo mejor, un trozo de papel (uno usado puede servir) y un bolígrafo o un lápiz, eso es todo. Escribir suele ser algo muy personal, algo que casi todos podemos hacer, sólo hay que estar determinado y tener paciencia. Bukowski nos aprendió eso en su poema “air and light and timmentirae and space”, maravilloso por cierto, deberíais leerlo.

En eso la escritura es un poco como la vida misma, no hay que poner excusas, hay que hacerlo. Puede ser más o menos bueno, pero siempre habrá algo de bueno y eso es lo que importa. Después sólo queda localizar lo bueno, y exprimirlo. Ser escritor no es ser materialista, es más muchos de los grandes escritores y poetas han sido miserables en sus vidas, antes de convertirse en lo que son hoy en día; Baudelaire, Van Gogh, el propio Bukowski

Tener un ordenador caro, visitar cafés modernos, o vivir solo en un estudio bien amplio y minimalista no te va a convertir en un autor. Busca lo bueno de la vida, eso que te inspira, un buen paisaje, una bella mujer, lo que sea que te guste e inspire, y luego escribe sobre ello. El resto sólo te quitará tiempo para lo que de verdad es importante.

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No somos nada

Eran las dos y media de un día invernal. La lluvia se había precipitado sobre los altos y robustos árboles que podía contemplar desde mi ventana. Había marcas circulares de tazas de café cubriendo todo el diámetro de mi pequeño escritorio, delante del que me hallaba sentado. Tenía dieciocho años y once meses, edad en la cual yo ya estaba en la mili, decía un señor que nada tenía que ver con mi vida. Sentado en ese diminuto escritorio lleno de papeles, libros de grandes autores como lo son Baudelaire, Houellebecq, Machado, Nietzsche, Kafka o Bukowski, miraba sin pestañear la delgada e intermitente línea negra que reflejaba el monitor de mi ordenador personal. Era tan desolador como ese trozo de papel blanco que en vez de convertirse en la poesía de algún poeta aún por descubrir se tenía que conformar con ser la lista de la compra de alguna madre de familia que trataba de llenar su gran vacío interior comprando cuantos más productos le sea posible, esos productos que no le son de ninguna utilidad real.

El tiempo pasaba, la música seguía sonando. Seguía delante del monitor, sin saber qué escribir o por qué debería hacerlo. He cambiado tanto de vida que me he olvidado de tener una. Esa maldita línea no deja de desaparecer para luego volver a resurgir de sus propias cenizas, tal como ave fénix. A mi lado hay unos trabajos de clase que debería entregar mañana a buena hora, probablemente no los haga. No soy uno de esos rebeldes inconformistas, esos anarquistas que poco saben de lo que significa serlo. Yo no soy nada. No soy poeta a pesar de que pase mis horas escribiendo poesía. No soy crítico musical aunque el resto de mi tiempo libre transcurra con una propia banda sonora. Por mucho que lea a diario no soy un buen lector. No soy un político, ni un filósofo, ni un artista. No soy nada. Nada más que un ser humano con la increíble capacidad de respirar, pensar, volver a pensar, alimentarme por mí mismo, soplar para calentarme y soplar para enfriar la sopa. Todos somos increíblemente especiales, hasta yo quizá lo sea.

Así que, ¿por qué si queremos gritar no podemos? ¿por qué no decimos lo que pensamos sin miedo a lo que digan o piensen los demás? ¿por qué si quieres escribir no lo haces? ¿por qué si quieres cantar y bailar por la calle no llevas a cabo tu proyecto por muy estúpido o insensato que pueda parecer? Puedes hacer lo que quieras, que no te digan lo contrario. Ya que

La maldita línea negra intermitente no dejará de parpadear a no ser que empieces a escribir tu historia.

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Les heures s’envolent

Assit sur un banc de la gare

je regarde les gens qui passent,

un léger sourire pour rester humain

et les trains défilent sans laisser lieu à un au revoir

 

Les heures s’envolent

un jeune homme s’endorme

une fille aux jambes tièdes

passe en me laissent sans haleine

 

Un autre train s’en va

je décide d’allumer un cigare

la fumée rempli mes poumons

et dissipe les autres

 

Le RER A arrive et je monte dans le train

les gens commencent à se pousser

et ils se parlent mal

je m’installe dans un petit coin que j’ai pu trouver

 

Dès mon coin je peut voir les gens lire

ou jouer avec leurs portables

par la fenêtre un beau paysage

pleure car personne ne l’admire

 

Je réfléchi sur l’humanité

et cette triste société

qui fait des idiots des héros

et de poètes des chômeurs

 

On arrive à la Défense

un troupeau de gens rentre

on ne peut plus respirer

et les portes n’arrivent pas à se fermer

 

Au centre de cette multitude

je me trouve dans ma solitude

les gens viens et part

sans laisser en moi aucune trace.

Une sonnerie sonne

je suis arrivé à destin

je regard ma montre

toujours en retard

 

Peu m’intéresse le temps

je préfère vivre à la dérive

puisque le temps vient

toujours avec la nostalgie

 

Dans le bus une fille

me lance un regard

elle est magnifique

mais elle ne pas pour moi

 

Je me demande

que pensent les filles

de mon regard

triste et toujours à l’écart

 

Savent-elles que je

ne suis qu’un pervers

qui ne cherche

qu’un amour vrai

 

Je ne le saurai jamais

je vais devoir rester

dans cette immense

accablante solitude

 

Je me réfugie chez moi

avec une bière à la main

j’écris ces mauvais vers

puis je remplit mon verre

 

Comme la vie est lente

et l’oubli si long

les femmes s’en vont

comme les trains aux station

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La lluvia

Podría quedarme así durante horas. Viendo la lluvia caer sobre los altos rascacielos del París moderno. Del mismo modo que lo hace ante los edificios más pequeños. La lluvia azota a todos por igual, sin hacer distinción de cuán grande el proyecto de construcción haya sido o de cuán importante es la gente que visita el lugar. La lluvia suele estar relacionada con los malos momentos de nuestras vidas – gracias Hollywood – pero esto no es del todo cierto. La lluvia es algo muy puro, por la tanto natural. Es una de las cosas más bellas que se puede presenciar. Ha llevado a la catástrofe en más de una vez – lamentablemente no siempre es una catástrofe para todo el mundo, hay muchos que se ven muy beneficiados por éstas – pero también es de gran ayuda para que podamos vivir el día a día. Sin lluvia la vida sería más complicada. Es más, sin lluvia no habría vida.

Algo que me gusta de la lluvia es el ya mencionado punto, azota a todos por igual. No hace la clásicas distinciones que hacemos los humanos. Para ella no hay diferencia de clases, color, cultura o ideología. Todo el mundo es igual. Deberíamos aprender un poco de esta actitud. Es una locura pensar que la lluvia, un fenómeno atmosférico sin presencia de los que nosotros los humanos nos gusta llamar razón para diferenciarnos de los animales y otros seres, es mucho más humana en ese sentido que nosotros mismos. El mundo es maravilloso, está lleno de seres extraordinarios que nos sorprenden día a día, por desgracia está habitada por un depredador sin piedad que aniquila las otras especies y hasta se revela acabando con la suya propia: el ser humano.

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Cortos relatos llenos de sueños

Relato de un Naúfrago

El agua iba incrementando. Aumentando su volumen. Yo estaba atrapado en ella. Respiraba hondo, muy profundamente, mi pecho ascendía y volvía a descender con una fiereza inimaginable. Todo a mi alrededor se evaporaba. De fondo conseguía escuchar una leve voz, un cántico que siempre me acompañará. No veía nada, todo era oscuro. Intentaba abrir los ojos, pero todo esfuerzo era en vano.

El agua ya me llegaba a la boca, mis gastados ojos se rendían ante el inmenso poder del agua. De repente, todo fue aún más oscuro. Intento, de nuevo, abrir los ojos pero mi reacción es cerrarlos más fuerte. Sigo escuchando, ahora más lejos, la misma música.

Súbitamente, mis ojos se abren. Están rodeados de agua. Todo está muy borroso, sólo puedo describir algunas figuras y unos pocos colores. El sonido de la música sigue oyendose, pero cada vez más y más lejos, como una canción interminable.

No sé donde estoy. No sé qué hago allí.

Introduzco mi mano dentro del frío riachuelo y me llevo ese agua a la cara. Empiezo a verlo todo más claro. Estoy sumergido en la bañera que llevo visitando más de seis años, pero ya no la reconozco. Ya nada es igual. Pronto la dejaré atrás. Todo a mi alrededor me hace sentirme un extraño, un intruso. Enseguida, vuelvo a retomar el conocimiento. Ya sé donde estoy, aunque no sé qué demonios hago allí ni cómo llegué. ¿Estoy en la vida real? No importa.

Necesito una botella y un cigarro, pero en vez de ir a por ellos cojo un lápiz y un trozo de papel y me pongo a escribir esto. Sea lo que sea esto.

No sé porqué escribo, no sé si pretendo que algo cambie, pero cuando escribo, todo lo demás desaparece. Como cuando estaba en la bañera y me sumergía, me ahogaba intentando ahogar conmigo todos esos problemas cotidianos sin interés alguno. Pero eso es imposible, no se puede lograr. Al final vuelves a la superficie, para volver a caer, pero te levantas y vuelves a caer.

Así es como va esto.

Tarde con un árbol.

Las ingenuas miradas se dirigen a mi ser, todos a mi alrededor no cesan de mirarme, yo no me preocupo, lo que sea que esté haciendo parece molestarles o incluso inquietarles. No tengo ni idea de qué pueda tratarse, pero de todos modos no dejaré de hacerlo. Tranquilo, relajado, mis oídos son penetrados por la fina y precisa voz de Roger Walter cantando ‘Nobody Home.’

Mientras, fuera de mi perturbada mente, el viento golpea los largos edificios pintados sin cesar. Pero mi mirada se centra en los ancianos árboles que no dejan de recibir golpes de derecha por parte del viento. Golpes que a cualquier otro dejarían K.O. Allí encuentro la respuesta a la pregunta que nunca formulé. Ese árbol es una metáfora más de la vida. Él, plantado sobre la tierra, inmóvil, tiene que permanecer allí y recibir los golpes sin posibilidad de réplica. Va creciendo, poco a poco, pierde partes importantes de su ecosistema, pero ha de seguir de pie. Aguantando, resistiendo día tras día todo lo cruel de este mundo. Tendrá buenos momentos, lo sabe, pero para ello hace falta estar de pie y resistir ventiscas como la que está ocurriendo en este preciso instante. Va creciendo y estos fuertes vientos cada vez le hacen menos daño, tiene experiencia. Hasta el día que, por fin, muere. Pero a él no se le apagan los ojos, él simplemente es olvidado.