El poder de las marcas

Hoy he podido comprobar de primera mano un hecho préocupante, al menos para mi. Ocurrió por la mañana, una mujer que rondaba los 30 años se encontraba sentada en la terraza de una cafetería cualesquiera, hasta aquí todo normal. Cuando el joven camarero se acercó a tomarle el pedido, ésta pidió un Puleva frío seguido de una tostada de Pan Bimbo con tomate. Esto, hoy día, se suele tomar como algo común. Algo natural. Y el camarero, evidentemente, entendió perfectamente lo que la mujer requería y le llevó un batido junto a una tostada de pan de molde con tomate por encima.

Pensaréis que todo es muy normal, seguramente así sea, pero en medio de esta típica escena yo veo más allá. La forma en la que la mujer hace su pedido es donde veo el conflicto. Que esta mujer, consiente o inconscientemente, haya llamado al batido de chocolate, Puleva, y al pan de molde, Pan Bimbo solo significa una cosa, las marcas están ganando una batalla la cual ni siquiera sabíamos que estábamos labrando.  Pensadlo un poco, ejemplos como el expuesto arriba hay cientos, miles me atrevería a decir. Pero, ¿a qué viene esto? ¿cómo hemos llegado a pasar de llamar las cosas por su nombre a llamarlas por la marca que las produce?

Bien, esto son ejercicios psicológicos muy precisos que las marcas han estado utilizando contra nosotros durante años. Te transmiten un mensaje, crean una idea en tu cabeza que, a lo mejor, tu no quieres que se cree.  Este mensaje entra en el cerebro y es muy difícil eliminarlo. Esto me lleva a hacerme una cuestión aún más grande. ¿Cuánto poder tienen las marcas?


No creo que haya una unidad internacional para medir la cantidad de poder que poseen las marcas, pero sí creo que hay varios ejemplos, como el anterior, que demuestran que tienen un poder enorme sobre nosotros. Quería exponer, sobre todo, uno de los más grandes. Todos conocemos la festividad cristiana de la Navidad. Y todos conocemos a Santa Claus – o Papá Noel dependiendo de dónde seáis. Pues bien, como algunos de vosotros sabréis, en un principio Santa Claus no vestía con unos colores fijos, aunque el más usado para su representación era el verdiblanco. Pero tras una masiva campaña de publicidad por parte de Coca-Cola, Santa Claus pasó a vestir siempre de rojo y blanco, tal como los colores de dicha compañía. Ahora todos los niños, y adultos, del mundo reconocen el traje rojiblanco de Papá Noel. Y así es cómo se hace una gran campaña publicitaria, y se controla a todo el mundo para ponerlo a tus pies.

En este ensayo no quiero acusar a ninguna marca en concreto, todas sueñan con obtener tanto poder sobre nosotros como lo ha hecho Coca-Cola, Puleva o Bimbo, en estos casos. Pido que hagamos un esfuerzo y acabemos con estas cosas, con todo este control mental, que, aunque parezca una tontería, es algo muy importante y muy inquietante.

Imagen: ( http://blog.educastur.es/publi/files/2007/06/publicidad.jpg)

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Mi experiencia en un ‘StarBucks’

El StarBucks  es ese lugar del que probablemente todos habéis oído hablar. Es ese sitio donde puedes ir, pedirte un café y salir con cualquier cosa menos algo parecido a un café y, claro está, con mucho menos dinero que con el que entraste.

Bien pues, la estrategia utilizada por Starbucks para conseguir muchos clientes es muy sencilla. Simplemente, abren un local en todas partes. Ejemplos prácticos, en mi viaje a Londres saliendo del Museo Británico, ¿qué fue lo primero que se interpuso en mi camino? Como diría Sherlock Holmes: elemental, querido Watson, un Starbucks. Justo en frente, al cruzar la acera, dos simples metros. Y casos como este hay miles repartidos por todo el planeta.

En muy fácil, si un turista sale del museo y le apetece un café, se encuentra una cafetería a dos pasos y decide ir a ella.

Además, Starbucks no solo hace una fortuna con los ingenuos turistas, claro que no. Vamos a descubrir, cuál es su clientela. Primero, y los que más se gastan allí, están los empresarios. Esos guerreros de oficina que tan sólo disponen de unos pocos minutos para tomar su desayuno. Esos guerreros necesitan una solución rápida, necesitan tener lo que quieren al instante, necesitan no tener que irse a la otra punta de la ciudad a por un simple café. Y ahí, claro está, es donde entra Starbucks. ¿Qué cafetería habrá justo al lado de un gran edificio de negocios? Por supuesto, un Starbucks. Esto no es fácil de conseguir. Todo hay que decirlo. La compañía americana se gasta millones de dolares en conseguir esos lugares. Cuándo alguien alquila un local cerca de una estación de metro, cerca de algún edificio importante o, incluso, de algún colegio/instituto uno de los primeros en acudir es un representante de Starbucks, y el dueño del local, aprovecha la situación y pone un precio muy elevado. Pero a ellos les da igual, no importa cuanto tengan que pagar, saben que lo que ganen con ese local será mucho mayor a lo que inviertan.

Otros clientes son los jóvenes que han caído presos de la tremenda campaña de marketing de la empresa con base en Washington. Estos jóvenes ven el Starbucks como algo cool o guay. Solo la gente así va a esos lugares, es trend y todas las palabras inglesas que se usan hoy día (¿¡Es que no tenemos palabras en el castellano para expresar cosas!?). Esto en cuanto a su clientela. Ahora viene mi propia experiencia.

Fui, como dije antes, a un Starbucks en Londres, justo enfrente del Museo Britanico. Llegué le pedí un cappuchino (me sentía italiano) y ahí el hombre me pidió que le dijiese el tamaño, le contesté que mediano (2£ más caro que el pequeño). Para mi sorpresa, me dice que no existe, que debo elegir entre tall, grande o treinta, al no tener ni idea de lo que refería le señalé el mediano, como si no supiera el cuál era. Luego entendía que le ponen nombres absurdos de tamaños, por gusto supongo. Tras esto, le tuve que pagar, todo por adelantado, ni que yo fuese un traficante o algo…, cogió un vasito de esos de plástico, le hizo un garabato y se dispuso a hacerme el café. Me lo dió y me fui. En ningún momento me encontré con nada especial que hiciera esa cafetería mejor que cualquier otra. Lo único, el café era malísimo. Yo, si tengo que ir a una cafetería a por un café, voy a la que me sirva el mejor café, a parte de un precio razonable. El de Starbucks no me pareció ninguna de las dos. No he vuelto a ir, y no tengo intención de hacerlo. No le veo la gracia.

Imagen: (http://www.sanfranciscosentinel.com/wp-content/uploads/2008/07/starbucks-2.jpg)

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Mira hacia arriba.

Mira hacia abajo.

Mira a tu izquierda.

Mira a tu derecha.

Mires donde mires, lo verás.

La publicidad está en todas partes. Vallas publicitarias, televisión, en el cine, en un bar cualquiera, en la carretera, en el cielo, en cualquier lugar público. Al menos así fue en un principio, ahora ha roto todas las barreras. Podemos verla en cualquier sitio, incluso en nuestro hogar. Si no me creéis, mirad a cualquier rincón de vuestra casa. En todos, o casi todos, encontraréis el símbolo de alguna marca. En la cocina, en el salón, en los dormitorios, en los servicios, en los patios, ¡están en todas partes!

Esto causa un efecto que las empresas han buscado sin cesar y, al fin, han conseguido. Subconscientemente, nuestra mente, al ver tantas marcas a diario, tantos símbolos, los memoriza y almacena. Esto es lo que las marcas quieres; he visto un documental donde realizaban un experimento en el cual les enseñaban a más de cien jóvenes, de entre 16 y 35 años, imágenes de marcas e imágenes de tipos de plantas y estos debían señalar cuando reconociesen una de las dos. Como os habréis imaginado, los jóvenes reconocieron el 90% de las marcas, y solo pudieron reconocer un 5% de tipos de vegetales. ¡el 90 contra el 5%!

¡¡Es una diferencia abismal!!

Sin duda, esto demuestra que el plan de las grandes compañías funciona de perlas.