La lluvia

Podría quedarme así durante horas. Viendo la lluvia caer sobre los altos rascacielos del París moderno. Del mismo modo que lo hace ante los edificios más pequeños. La lluvia azota a todos por igual, sin hacer distinción de cuán grande el proyecto de construcción haya sido o de cuán importante es la gente que visita el lugar. La lluvia suele estar relacionada con los malos momentos de nuestras vidas – gracias Hollywood – pero esto no es del todo cierto. La lluvia es algo muy puro, por la tanto natural. Es una de las cosas más bellas que se puede presenciar. Ha llevado a la catástrofe en más de una vez – lamentablemente no siempre es una catástrofe para todo el mundo, hay muchos que se ven muy beneficiados por éstas – pero también es de gran ayuda para que podamos vivir el día a día. Sin lluvia la vida sería más complicada. Es más, sin lluvia no habría vida.

Algo que me gusta de la lluvia es el ya mencionado punto, azota a todos por igual. No hace la clásicas distinciones que hacemos los humanos. Para ella no hay diferencia de clases, color, cultura o ideología. Todo el mundo es igual. Deberíamos aprender un poco de esta actitud. Es una locura pensar que la lluvia, un fenómeno atmosférico sin presencia de los que nosotros los humanos nos gusta llamar razón para diferenciarnos de los animales y otros seres, es mucho más humana en ese sentido que nosotros mismos. El mundo es maravilloso, está lleno de seres extraordinarios que nos sorprenden día a día, por desgracia está habitada por un depredador sin piedad que aniquila las otras especies y hasta se revela acabando con la suya propia: el ser humano.

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La vuelta al cole

Hoy he tenido que visitar ese lugar que tanto os gusta a algunos, donde se encuentran tantas cosas, tan ¿necesarias? y abusamos de nuestras tarjetas de crédito sin ningún tipo de compasión. Imagino que sabréis de qué lugar estoy hablando: un centro comercial.

Con la llamada vuelta al cole, la gente parece verse obligada a comprar. Es la época para comprarle a los niños vestimenta, mochilas, estuches y demás cosas que, probablemente, ya poseen pero como el catálogo nos ofrece cosas tan buenas y a precios tan bajos hay que comprarlas. Es curioso ver a las madres de familia fijarse en las ofertas y hablar sobre ello. Piensan ser más listas que los supermercados, creen que lo único que significa para los supermercados el hecho de que compres sus productos en oferta es deshacerse de lo que sobra. Pero las ofertas van más allá, las ofertas son un modo de identificar a la clientela. Con las ofertas las grandes tiendas descubren quién está dispuesto a pagar más por un producto o quién no está dispuesto a hacerlo, así en el futuro próximo ofrecerán productos a precio reducido basándose en las estadísticas sacadas de estos experimentos. Lo mismo ocurre con la tarjeta de afiliación a dichos supermercados.

Los centros comerciales se han convertido en un lugar al que al gente va a pasear. Es una salida, una salida familiar en ciertos casos tal como lo eran las salidas al campo o a la playa en otros tiempos. Por supuesto, la gente que va de paseo al centro comercial no sale de allí con las manos vacías. Hay tantas ofertas en tantos productos que a la gente le da igual de dónde proviene, o si se ha fabricado respetando el medio ambiente. En la mayoría de los casos el producto en oferta no es fabricado ni respetando el medio ambiente, ni las condiciones mínimas de trabajo ni proviene de forma, digamos, natural. ¿Cuántos de vosotros habréis comido fresas con nata en Navidad cuando su época de recolección se encuentra entre los meses de Febrero y Mayo? ¿Sabéis cómo son fabricadas (y sí digo fabricadas) estas fresas navideñas? ¿Os habéis preguntado alguna vez cómo llega, por ejemplo, el pollo a vuestra mesa? Al final de este pequeño ensayo os dejaré un pequeño documental mudo de seis minutos que os dejará eso, mudos.

El problema reside en que los precios de los productos que sí respetan estos términos tienen un precio demasiado elevado como para competir con los que no. Pero esto no sería muy difícil de cambiar, sólo que a los que los producen y comercializan no les interesa. Otro inconveniente es que muchas marcas se han aprovechado de el hecho de que la gente empiece a tener conciencia medioambiental y, más de una vez, se ha comprobado que esos negocios que prometían elevar el precio de sus productos solamente para ofrecerles un buen precio a los agricultores no cumplían lo prometido. Y hay que fijarse bien en estas cosas si de verdad quieres hacer el bien.

Así que, resumiendo, dejad de lado esa idea estúpida de que hay que comprar para la vuelta al cole, lo mismo os digo para la Navidad (parece que el espíritu navideño se resume en comprar mucho) y, si podéis, fijaos bien en lo que compráis, los vegetales que provienen de lugares lejanos no son recomendables y no ayudéis más a joder este mundo (perdón por ser tan directo). Recordad lo que os dije en el pasado ensayo, el único poder que nos queda es el de no comprar.