Cortos relatos llenos de sueños

Relato de un Naúfrago

El agua iba incrementando. Aumentando su volumen. Yo estaba atrapado en ella. Respiraba hondo, muy profundamente, mi pecho ascendía y volvía a descender con una fiereza inimaginable. Todo a mi alrededor se evaporaba. De fondo conseguía escuchar una leve voz, un cántico que siempre me acompañará. No veía nada, todo era oscuro. Intentaba abrir los ojos, pero todo esfuerzo era en vano.

El agua ya me llegaba a la boca, mis gastados ojos se rendían ante el inmenso poder del agua. De repente, todo fue aún más oscuro. Intento, de nuevo, abrir los ojos pero mi reacción es cerrarlos más fuerte. Sigo escuchando, ahora más lejos, la misma música.

Súbitamente, mis ojos se abren. Están rodeados de agua. Todo está muy borroso, sólo puedo describir algunas figuras y unos pocos colores. El sonido de la música sigue oyendose, pero cada vez más y más lejos, como una canción interminable.

No sé donde estoy. No sé qué hago allí.

Introduzco mi mano dentro del frío riachuelo y me llevo ese agua a la cara. Empiezo a verlo todo más claro. Estoy sumergido en la bañera que llevo visitando más de seis años, pero ya no la reconozco. Ya nada es igual. Pronto la dejaré atrás. Todo a mi alrededor me hace sentirme un extraño, un intruso. Enseguida, vuelvo a retomar el conocimiento. Ya sé donde estoy, aunque no sé qué demonios hago allí ni cómo llegué. ¿Estoy en la vida real? No importa.

Necesito una botella y un cigarro, pero en vez de ir a por ellos cojo un lápiz y un trozo de papel y me pongo a escribir esto. Sea lo que sea esto.

No sé porqué escribo, no sé si pretendo que algo cambie, pero cuando escribo, todo lo demás desaparece. Como cuando estaba en la bañera y me sumergía, me ahogaba intentando ahogar conmigo todos esos problemas cotidianos sin interés alguno. Pero eso es imposible, no se puede lograr. Al final vuelves a la superficie, para volver a caer, pero te levantas y vuelves a caer.

Así es como va esto.

Tarde con un árbol.

Las ingenuas miradas se dirigen a mi ser, todos a mi alrededor no cesan de mirarme, yo no me preocupo, lo que sea que esté haciendo parece molestarles o incluso inquietarles. No tengo ni idea de qué pueda tratarse, pero de todos modos no dejaré de hacerlo. Tranquilo, relajado, mis oídos son penetrados por la fina y precisa voz de Roger Walter cantando ‘Nobody Home.’

Mientras, fuera de mi perturbada mente, el viento golpea los largos edificios pintados sin cesar. Pero mi mirada se centra en los ancianos árboles que no dejan de recibir golpes de derecha por parte del viento. Golpes que a cualquier otro dejarían K.O. Allí encuentro la respuesta a la pregunta que nunca formulé. Ese árbol es una metáfora más de la vida. Él, plantado sobre la tierra, inmóvil, tiene que permanecer allí y recibir los golpes sin posibilidad de réplica. Va creciendo, poco a poco, pierde partes importantes de su ecosistema, pero ha de seguir de pie. Aguantando, resistiendo día tras día todo lo cruel de este mundo. Tendrá buenos momentos, lo sabe, pero para ello hace falta estar de pie y resistir ventiscas como la que está ocurriendo en este preciso instante. Va creciendo y estos fuertes vientos cada vez le hacen menos daño, tiene experiencia. Hasta el día que, por fin, muere. Pero a él no se le apagan los ojos, él simplemente es olvidado.

 

 

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